Una primera a la iglesia de mi pueblo.

El ocurrente artículo de Simón Elías “Los escalatorres” (Desnivel nº307) me recordó que hace algún tiempo tuve la ocasión de realizar una “escalada” a la iglesia del pueblo de mi padre: Alda. Como ya lo hiciera el personaje de su artículo, “el Puertollano”, tuve el honor de ser llamado por el alcalde del momento, el Cenón, para realizar el saneado de la torre y retirar las malas hierbas que crecían en tal magnánimo edificio.

Alda es un pequeño pueblo del Valle de Arana, en uno de los lugares más bonitos de la geografía alavesa. La torre de su iglesia fue “desvirgada” por otros antes, cuando yo contaba aún con 15 primaveras y el material recién comprado. Fueron aquellos unos jóvenes escaladores vizcainos quienes colocaran alguna presa y anclajes para poder realizar una exhibición durante el “día grande” de las fiestas; escalando así la “cara sur” del monumento arquitectónico.

Diez años después, mi experiencia en el Karakorum había corrido por las cuatro calles del pueblo, así que, qué mejor forma de consagrarse como alpinista que lucir palmito en mi propio pueblo. Supongo que a muchos les ha pasado algo parecido: basta con que en el portal (o en la oficina) te vean con todos los trastos de escalada, y que alguien se entere que has estado muy lejos intentando algún proyecto llamativo, para que pases a ser “respetado” y continuamente preguntado por tus “próximos proyectos”, aunque seas un “paquete”. Mientras tanto, la torre seguía sin ninguna otra repetición y las malas hierbas hacían peligrar su estado de conservación.

Así que allí me presenté con Joni, mi compañero de fatigas en aquella época, y un puñado de cintajos. La R0 en el campanario y el primer seguro en la campana. El resto, una vez comprobado que las molduras eran firmes, fue coser y cantar hasta alcanzar la cruz; eso sí, toda la operación fue supervisada por el alcalde y por un puñado de vecinos (la mayoría familiares) que asistían al espectáculo y comprobaban cómo un Sagasti se descolgaba de la torre y vertía sobre los matojos el producto herbicida preparado por Cenón esa misma mañana.

Después de echar un mariano en el bar, completamos el día acudiendo al pueblo vecino de Larraona para escalar en sus bloques, muy concurridos por aquella época.

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