Los “playalpinistas”

playalpinistaDefinitivamente estoy de arena hasta los cojones…después de colocar otra vez la sombrilla y de retirar las colillas que algún cerdo ha dejado clavadas en la arena, abro la revista de montaña que me acompañará estas vacaciones y compruebo cómo el editorial se empeña en etiquetar a sus personajes y actividades.

Me golpea entonces un cocodrilo hinchable que se dirige a la orilla y reflexiono sobre mi condición, como si de algo importante se tratara…Buena parte de los grandes personajes de montaña que conozco, al igual que yo, no nos etiquetamos en ninguna de las categorías que los medios analizan hasta la saciedad (escalador, alpinista, esquiador, blokero, trail runner,…); y sin embargo, tenemos la agenda más apretada que la de kilian jornet y saboreamos nuestras salidas tanto o más que el mismísimo Carlos Soria. Nuestras actividades pocas veces trascienden a pesar de ser grandes triunfos de negociación familiar. Somos pues “playalpinistas”.

El “playalpinista” con el paso del tiempo se ha ido consolidando como una auténtica especialidad entre las actividades de la montaña y podríamos definirlo como aquel activista de la montaña (en cualquiera de sus modalidades) que pasa buena parte del verano, o no, con su familia en medio “hostil”, alejado de montañas y rodeado de arena de playa. Sus escapadas a la montaña son escasas, a pesar de haber sido numerosas tiempo atrás; y su pasión se mantiene inquebrantable.

Lo más sorprendente de estos estoicos “peludos” es que cuando pasamos 5-6 días alejados de nuestro hábitat natural empezamos a presentar comportamientos inquietantes: apatía, pasotismo y mirada perdida, como buscando un peñasco al que salir corriendo. De repente, hasta unos columpios chungos se convierten en centro de tecnificación en el que poder entrenar y hacer dominadas; y una carretera con el asfalto a punto de ebullición en el circuito perfecto para ponerse en forma.

Un buen amigo, después de pasar un mes en Pakistán intentando una gran montaña, regreso a casa y pasó unos días con la familia en la playa. A los cinco días apareció el “playalpinista” que llevaba dentro y sintió una necesidad irreprimible de escalar un poco. Así que se puso a hacer Boulder en el extremo de la playa nudista en la que estaban. Al cabo de un rato, un paso dinámico mal medido le hizo caer “picha-arriba” sobre unas rocas… y volvió derrotado junto a su familia con la espalda y culo ensangrentados. El resto de las vacaciones comió morros y limpió los pies de arena a todos los suyos, sin rechistar.

Otras situaciones trágico-cómicas se dan día a día en nuestras playas, ofreciendo un espectáculo que nos recuerda a los leones de Ángel Cristo. Los “playalpinistas” existen y nos merecen respeto y admiración, por su tenacidad y simpatía; y sobre todo porque saben pasarlo bien y disfrutan de los suyos…aunque a veces presenten recaídas.

Después de todo, las 1.000 paladas de arena y los 100 viajes que he hecho a la orilla para rellenar mi humidificador han dado como resultado una réplica casi exacta del Cerro Torre a escala 1:1000. Brutal!

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